La Manoli.
Mi experiencia militar tuvo la inconveniencia, tremenda inconveniencia, de haberme obligado a estar alejado de mi pareja, mi familia, mis amigos, mis estudios, mi profesión y todo lo demás, pero habiendo asumido todo eso, ya que no quedaba otra, fue una experiencia gratificante y salpicada de anécdotas y relativo bienestar respecto a la mayoría que allí penaba.
Como quiera que ya tenía atesorados dos trienios de trabajo en la banca, mi experiencia en asuntos administrativos no necesitaba mayor carta de presentación. De este modo, nada más aterrizar en el campamento en el que iba a pasar los siguientes quince meses, me "ficharon" para las oficinas del batallón, contraviniendo todos los consejos que me habían hecho acerca de no presentarme voluntario a nada y hacerlo como "experto administrativo", decisión que me propició un tratamiento privilegiado durante los siguientes largos quince meses.
En nada y menos, me hice con la gestión administrativa diaria del batallón (un batallón lo componían cuatro compañías, cada una de 200 soldados, con sus correspondientes tenientes, alféreces, sargentos y demás) cuya oficina, en teoría, estaba a cargo de un comandante, un capitán, un subteniente y dos sargentos primeros, que se la pasaban ordenándome limpiar el sable, leyendo novelas de El Coyote, que me hacían ir a intercambiar por otras que no hubieran leído, y pintando la mona para pasar las seis o siete horas que tenían que estar por allí de cuerpo presente sin hacer absolutamente nada.
Rápidamente me postulé para portar el banderín del batallón, cuestión que también coadyuvaba a pasar el tiempo entre ensayos y desfiles y otorgaba un plus entre los mandos por el que te tenían cierto reconocimiento.
Entretanto, yo feliz y contento, haciendo el trabajo de todos con la gorra y ganándome la simpatía de la jefatura, que se traducía en permisos "especiales" para poder regresar a casa y pasar algunos días más con los míos que el resto de los mortales que por allí moraban sin poder, o saber, haberse buscado la vida.
Todo ello me condujo a tener el privilegio de tener una habitación compartida únicamente con otro, con una televisión que nos habíamos agenciado, contra la situación del resto que dormían en barracones y literas entre cientos de reclutas, por supuesto sin televisión y con rígidos horarios que a nosotros dos no nos atañían dado nuestro bendito aislamiento.
Hecha esta introducción, voy al asunto de "La Manoli".
La entrada a mi "oficina" y dormitorio anexo, que no dejaba de ser un barracón adaptado, calle por medio, daba a la parte trasera de la cafetería de los oficiales del campamento. En aquella cafetería se daban cita a todas horas los numerosos jefes y oficiales que tenían que rellenar de algún modo su horario de trabajo. Por la trastienda entraban los proveedores y demás para surtir la demanda del establecimiento y, clandestinamente, era por donde también entrábamos un par de piratas que estábamos atentos a lo que había que estar.
Al frente del local no había personal profesional, sino algún soldado que había tenido ya cierta experiencia en la hostelería antes de haberse incorporado a filas.
Coincidiendo en el tiempo conmigo, estaba a cargo de todo aquello un soldado sevillano con cierta experiencia en su vida civil como cocinero, quien, a las primeras de cambio ya se me presentó como "Manoli". Una casaca azul turquesa por encima de los sobrios pantalones militares de paseo, le otorgaban un cierto aire de distinción que sobresalía entre el resto del personal que por allí nos movíamos en permanente uniforme de faena.
Sobre el resto de su imagen, tampoco podía, ni quería, disimular mucho, dado que su planta de más de 1,80 y sus exagerados movimientos mariposones, le etiquetaban inequívocamente, si bien en aquel entonces todavía no se había acuñado la frase de "salir del armario". El tipo era así, y punto, y los demás lo veíamos con normalidad y a la vez simpatía.
Muy pronto llegamos a intimar -con limitaciones, claro- ya que era un chaval, muy agradable y cariñoso, y a cambio de algún cachete, pellizco, gracietas y piropos que le encantaban, te "colaba" unos cubatas, unas cervezas o unas tapas de tortilla "por la cara", mientras que los jefazos las tenían que pagar religiosamente al otro lado VIP del local.
Obviamente nos jugábamos el tipo si en algún momento determinado se le diera por entrar en la cocina a cualquier jefazo de los que estaban por allí y nos sorprendiera pegándole a la tortilla y al drinking tan cachondos y "de cló-cló", pero eran riesgos asumidos y bastante calculados.
Es de reseñar la tolerancia y normalidad con la que, ¡en 1977!, conviene contextualizar, asumíamos con naturalidad las diferentes opciones sexuales del personal; que se empezaban a abrir paso con el advenimiento de la democracia.
Para muestra, un chiste publicado en la propia revista militar del Campamento en aquel año en la que ya se empezaba a tratar el tema de forma distendida.
Larga vida, pues, a "Manoli" quien, como yo si todavía vive, estará felizmente jubilada y a la que deseo haya tenido una trayectoria vital de lo más agradable en su Sevilla natal o donde la hubiese colocado el destino.







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