La tercera imaginaria
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Sin duda, mi bolero preferido es aquel compuesto por Chico Novarro y que inmortalizaron "Los Panchos" bajo el título de "Algo contigo", en el que en una de sus estrofas recitan "...no quisiera yo morirme sin tener, algo contigo"
Yo tampoco quisiera morirme sin escribir unas, probablemente pobres pero nostálgicas, líneas sobre "la tercera imaginaria".
Es un clavo que llevo encima -sin dolor, eso sí- desde hace muchos años y al que quiero dedicar este artículo para recuerdo de aquellos que también han pasado por ello, e ilustración para los más jóvenes que desconocen su significado.
Más que "batallitas de la mili", estos recuerdos me hacen reflexionar sobre la poca importancia, por habitual que es, que le damos a dormir cinco, seis o más horas seguidas en cama limpia y temperatura agradable, cuando en aquellas circunstancias no era posible y te lo impedían como si fuera algo natural.
Eso de "la tercera imaginaria", en principio, no suena allá muy bien. Como mucho, para los más optimistas podría asociarse a algo bucólico, por aquello de "imaginaria"; pero no, lo de la "tercera imaginaria" es un tema que de bucólico tiene lo que yo de obispo, si bien lamento no haber sido obispo porque mis progenitores no orientaron convenientemente mi carrera, ya que recuerdo que, cuando era púber, a la típica pregunta de los amigos de los papás, "y tú de mayor ¿qué quieres ser?", yo respondía sin dudar: obispo. Desde luego, era más espabilado que cuando crecí, ya que la profesión de obispo, aunque actualmente se les haya caído el anillo, el palio y parte de la capa, no es de las peores del ámbito laboral.
Más antes que después, apareció la revolución hormonal que dio al traste con mi hipotética futura carrera eclesiástica, cambiando las misas de doce y los rancios confesionarios, por las verbenas, de doce también, pero de la noche, percatándome de que me eran más gratas las faldas que las sotanas, y los perfumes que los inciensos.
Volviendo al tema, lo de "la tercera imaginaria", término castrense indisolublemente ligado a la extinta "mili", se encuadraba dentro de las múltiples inutilidades que allí tenían lugar. Cierto es que, de alguna manera, unas eran más agradecidas que otras a la hora de pasar el tiempo y transcurrir los largos meses que te tenían recluido. Desconozco si "recluta" tiene alguna connotación semántica con "recluido", pero, aunque así no fuere, por ahí iban los tiros.
De forma muy resumida, en el mejor momento de tu vida, más menos recién cumplidos los veinte años, te separan de tu localidad, tu familia, tu trabajo o estudios, tus amigos, tu novia o tus amigas, y te mandan a tomar por culo a donde salga por sorteo. De tal modo, tanto te podías ir al Pirineo aragonés como a las playas de Lanzarote, o bien caer en destinos mucho más prosaicos como campamentos ubicados en parajes inhóspitos de Córdoba o León en medio del monte.
Pues bien, a un servidor de ustedes y de La Patria en aquel entonces, le empàquetaron, durante quince eternos meses, el campamento de El Ferral del Bernesga, en un monte de León. Lo cito únicamente para poner en contexto el artículo, ya que las imaginarias eran comunes en todos los campamentos de España, si bien ya avanzo que no es lo mismo hacer una imaginaria en Santa Cruz de Tenerife que en León, como cualquiera puede entender.
Y ya metidos en faena, el asunto de "la imaginaria" consistía en lo siguiente: A las diez de la noche, a toque de corneta como no podría ser de otro modo, en el campamento que albergaba a 5.000 tíos no se movía ni el Tato y todo dios en la cama; eso sí, no te exigían dormir ni tener los ojos cerrados, pero en la cama y calladito, sí.
En ese entorno, quedaba despierto un reducido número de soldados; si mal no recuerdo unos cuarenta o cincuenta, entre cuerpo de guardia, guardias e imaginarias.
A los desgraciados que nos tocaba "imaginaria", unos diez o veinte pollos, afortunadamente solamente una noche cada dos o tres meses, nos metían -a las diez de la noche- en un barracón con unas colchonetas tiradas en el suelo, en las que había que tumbarse a la espera de que nos llamaran para salir a patrullar. Había una tenue luz en un extremo del barracón que le servía al encargado del asunto -otro soldado como nosotros- para llevar el control e ir despertando a los que tenían que salir próximamente y entretanto, poder leer a duras penas unas novelas de "El Coyote" para ir malamente pasando la noche y no caer en el sopor que propiciaba aquella penumbra iluminada por una bombilla que alumbraba menos que una vela y superar el deseo de no poder tirarte a dormir como manda el reloj biológico, y a su vez invitaban los ronquidos de aquellos que, milagrosamente, conseguían conciliar unas horas de sueño en el gélido habitáculo.
El despropósito de la imaginaria -es obvio que existirían formas de mejorarla sustancialmente en aras a su eficacia- consistía en que cada dos horas, dos soldados patrullasen el perímetro del campamento por senderos que estaban en su práctica totalidad a oscuras, con los fusiles cargados y la consigna de disparar a todo lo que se moviera y que no respondiera al "santo y seña" determinado para aquella noche concreta.
De esa manera, en la oscuridad de la noche, si detectabas algún movimiento preguntabas alto y claro ¿santo y seña?, y si aquella noche tocaba responder "pepito es cojo" y no respondían eso, en principio, ya estabas legitimado para endiñarle dos tiros sin despeinarte al elemento que se movía por allí.
Cierto es que me estoy remitiendo al año 1977, con Franco recientemente fallecido, los militares en efervescencia y ETA reventando, día sí y día también, a muchos de ellos y atribuyéndose otro tipo de atentados, siendo una de las estrategias de ETA y del GRAPO, también presente, asaltar polvorines militares para hacerse con explosivos y armamento del tipo de los que allí se custodiaban para sus, desgraciadamente frecuentes y recurrentes, atentados.
Tengo que reconocer que, tal vez por la edad o porque tampoco había otra alternativa, no estábamos excesivamente preocupados de esta eventualidad, si bien un tanto vigilantes sí, aunque de aquella manera. Si acaso, nos preocupaban más los lobos, a los que avistábamos en alguna ocasión y que podrían darnos algún susto; aunque bajando el nivel de peligrosidad, para susto el que nos daban las ratas, grandes como conejos, cuando tropezaban con algo metálico en el silencio de la noche y que no sabías muy bien de donde procedía aquel topetazo que te ponía en alerta hasta que llegabas a la conclusión de que lo había provocado un roedor gigante, todavía más agilipollado que tú.
Yendo al asunto mollar del tema, la noche se dividía en cuatro imaginarias: la primera, de 10 a 12, la segunda de 12 a 2, la tercera de 2 a 4 y la última de 4 a 6.
Las más llevaderas eran la primera, la segunda y la última. La primera porque ya no te llegabas a acostar. Prolongabas como si nada la jornada hasta las 12 que era la hora de regreso.
La segunda, como habías hecho tiempo de diez a doce charlando por lo bajinis, escuchando el transistor al oído, o pensando en las musarañas, te sobrevenía relativamente pronto y despierto y para allá ibas más o menos entero, regresando y acostándote a las dos como si hubieras ido moderadamente de copas.
Sobre la última, intentabas dormirte pronto y considerabas que ese día madrugabas algo más (había que levantarse todos los días a las seis y ese día lo hacías a las cuatro), no era muy agradable pero ahí terminaba el tema.
El problema llegaba en la tercera imaginaria. Te acostabas a las diez, pero tenías que salir a las dos. Tremendo dilema: dormirte, o no quedarte dormido. En principio, dormirte estaba complicado, pues era un tanto temprano y la ansiedad de saber que al poco tiempo te iban a despertar no favorecía la conciliación del sueño. La mayoría permanecía despierto pensando en lo que le viniera a la cabeza y contando el tiempo que le faltaba para salir.
Y..., tachán, aquí llega LA TERCERA IMAGINARIA.
Te has tirado en la colchoneta a las diez de la noche (lo de la suciedad y humedad de las colchonetas, la bichería menuda y el tufo de las mantas compartidas durante meses por soldados vestidos y calzados con sus correspondientes botas, vamos a dejarlo aparte), y durante la primera, o primeras horas, no consigues conciliar el sueño. Al final, terminas rendido, digamos sobre las doce o la una. A las dos menos cuarto, en lo mejor del primer sueño, sin mucha sutileza, te pegan unas patadas en las botas para que espabiles y te prepares para salir.
Te levantas maldiciendo tu suerte y acordándote de todo tipo de juramentos que sabes que son inútiles, pero los dices, eso sí, por lo bajo para no despertar a los otros desgraciados como tú que están por allí tirados esperando su turno, dormidos o durmiendo.
La preparación consistía en coger tu fusil, cargarlo, apuntar la contraseña de esa noche y encender un pitillo para salir a hacer el recorrido, sin posibilidad de abrigarte más de lo que ya estabas, ya que el vestuario era el que era y ya no te lo habías sacado para dormir porque el interior del barracón estaba bajo cero.
Mientras le dabas las últimas caladas al DUCADOS y encendías el segundo con la colilla del primero, solidarizabas con tu compañero de patrulla (íbamos dos, siempre diferentes) acerca de la gilipollez que suponía estar allí más de un año, al tiempo que apostabas sobre si la temperatura aquella noche superaría los 10 o 15 grados bajo cero que se registraban habitualmente en aquel entorno en las noches de invierno.
Recuerdo que la primera vez, como novatos, en la más absoluta oscuridad nos sorprendimos ante lo que parecía una respiración de una persona en el silencio de la noche. Al final, después de unos eternos minutos de intriga y especulación, resultó que era una lechuza que salió volando, más asustada que nosotros, y que después ya se nos hizo familiar en el inicio del recorrido en sucesivas ocasiones puesto que debía de tener su dormitorio habitual por allí cerca.
El itinerario, de varios kilómetros, se iba haciendo entre conversaciones, unas veces triviales y otras muy íntimas, hasta que se alcanzaba el destino principal que no era otro que el polvorín a proteger y sus alrededores, en el que estaban destacados permanentemente unos cuantos soldados día y noche.
Recuerdo, con tremenda gratitud, que, llegados al punto, en una noche de bajo cero intenso con las pestañas blancas por la helada, de forma generosa, los que allí estaban nos prepararon café y coñac para reponernos de la tremenda noche de nieve y granizada que nos estaba cayendo encima. Gente grande, anónima y solidaria que te deja grabados detalles desinteresados, como este, que nunca olvidas.
Y así, de regreso al espartano barracón, a las cuatro de la madrugada y sabiendo que a las seis te tenías que levantar otra vez, te tirabas en el piojoso y húmedo colchón, al menos algo caliente gracias al que se acababa de levantar para sustituirte, muerto de frío, vestido, con tu "tres cuartos", capucha, correajes y botas, dando por finalizada la "maldita tercera imaginaria", consolándote con que cada día quedaba menos para rematar aquella esperpéntica historia que, con suerte y después de muchos años, llegarías a contarle a tus nietos, cual es el caso.














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